Deren llevaba un rato caminando por las bulliciosas avenidas de la ciudad. Nunca había disfrutado de las aglomeraciones, pero estar allí, rodeado de gente que hablaba, compraba y reía sin preocupación alguna, le resultaba extrañamente relajante.
En el asentamiento de Suden, su antiguo hogar, la vida era distinta. La gente evitaba los espacios abiertos y rehuía las multitudes. Bastaba con que se reunieran ocho o diez personas para que comenzaran los ataques.
Nadie sabía aún con certeza qué mecanismo de detección usaban aquellas criaturas, pero lo que sí sabían era que, si un grupo demasiado grande se congregaba en la calle, era muy probable que alguno no regresara con vida. Parecía como si esos seres hubieran evolucionado para mantener a las colonias humanas reducidas y bajo control.
Deren sacudió la cabeza, intentando espantar aquellos recuerdos.
Ya no estaba en Suden. En Mir, su nuevo hogar, no había ataques. Los enormes muros y sus potentes sistemas de defensa garantizaban una vida tranquila y sin riesgos. Por eso, la gente que lo rodeaba no estaba pendiente de ruidos extraños, ni escrutaba constantemente los alrededores, ni se movía buscando refugio entre los matorrales. Esta era su nueva vida. Deren suspiró con alivio, aunque en su interior dolía el recuerdo de quienes habían quedado atrás: amigos, compañeros de caza, vecinos. Pero poco podía hacer por ellos.
Fue una suerte que tanto él como sus padres hubieran sido elegidos como nuevos habitantes de Mir en la gran lotería.
Habían sido asignados a una pequeña vivienda en el modesto distrito industrial, seguramente gracias a la experiencia de su padre como técnico de mantenimiento de máquinas de vapor. Pero por muy humilde y ruinosa que fuera aquella casa, a los ojos de Deren brillaba como la mansión más lujosa. Nada podía compararse con la sensación de sentirse seguro.


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